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El Laberinto Mágico (de Dirk Baumann) es el tipo de juego de tablero al que los alemanes nos tienen acostumbrados: de mecánica simple, fácil de aprender y enseñar, entretenido, desafiante. Está hecho para ser jugado entre 2 a 4 jugadores, con una duración promedio no mayor a los treinta minutos. Cuenta con una cuidada presentación, incluyendo las ilustraciones del artista Rolf Volgt y un tablero que hace uso de la misma caja.
En esencia, El Laberinto Mágico es un juego pensado para niños; de hecho, ganó el premio al mejor juego infantil el año 2009, en el Kinderspiel des Jahres, categoría exclusiva para juegos destinados al público menor. Sin embargo, presenta un desafío mayor para cualquier adulto, ya que no solo necesitamos estrategia en este juego, sino que también una habilidad muy importante: la memoria.
Hablando del juego, en él cada jugador (pueden jugar hasta cuatro personas) representa a un aprendiz de mago, que en el tablero es una ficha de madera con la forma de un aprendiz de mago, que además tiene un imán en su base. En cada esquina del tablero encontramos el punto de inicio de cada jugador (el juego se coloca en la mesa de manera que cada esquina apunte a un jugador), el cual debe poner su ficha en el cuadro de su correspondiente esquina, y bajo ese cuadro, debe poner una bola de metal (hay una para cada jugador), que se adhiere magnéticamente a su ficha. La idea del juego es recolectar símbolos mágicos, los que se encuentran impresos sobre el tablero, que a su vez está dividido en cuadros. Para ello, se dispone de una bolsa desde cuyo interior cada jugador roba una ficha con un símbolo al azar (en la bolsa hay una ficha por cada símbolo en el tablero), el cual será su objetivo a conseguir. Desde cada esquina del tablero, los jugadores van avanzando (adelante, atrás, izquierda, derecha) por las distintas cuadrículas. Para moverse, el jugador tira un dado de madera que contiene los números del uno al cuatro, que es la cantidad de espacios que nuestro mago puede moverse. La dificultad no está en el tablero, sino que bajo él.
Bajo el tablero (ojo, que es un secreto) hay un laberinto hecho de piezas que representan muros invisibles, dispuestos de manera que al principio del juego ningún participante sabe dónde están. Hay una configuración básica y otra avanzada para poner los muros. Una vez puestos, estos son cubiertos por la parte superior del tablero, que es donde los jugadores se mueven. ¿Cómo funciona esto?
Como habíamos mencionado algunos párrafos atrás, cada peón de mago es puesto en el tablero con una bolita de metal bajo el mismo, de manera que, cada vez que nos corresponde tirar el dado y movernos una cantidad de espacios, debemos deslizar nuestra pieza, sin levantarla del tablero, para evitar que la bola caiga. Si ésta cae, debemos volver a nuestra esquina y volver a empezar nuestro recorrido. Cuando avanzamos con nuestra pieza, lo hacemos de manera recta, ya sea arriba, abajo, adelante o atrás en el tablero, sin detenerse. Si nuestra pieza choca con una pared invisible (que es el laberinto bajo el tablero), nuestra bolita de metal caerá y saldrá por uno de las esquinas del juego. He ahí la gran dificultad: memorizar todas las paredes que nos encontramos en nuestro recorrido no es tarea fácil, y es lo que supone la gran ventaja de un niño al momento de jugar contra un adulto (créanme, los pequeños probablemente ganen), lo que los motiva enormemente al momento de sentarse a una mesa y jugar. Al principio del juego, más probable es que recorras el tablero muchas veces antes de recordar dónde se encuentran los primeros muros. Una vez que recolectas tu primer símbolo mágico, debes inmediatamente sacar el próximo de la bolsa, y comenzar desde donde estás el siguiente recorrido, hasta completar de la misma manera cinco símbolos. El que consiga primero recolectar sus cinco símbolos mágicos, gana.
En las instrucciones del juego, como mencionamos anteriormente, vienen dos configuraciones para armar el tablero (la parte de abajo, la que no vemos mientras jugamos), la normal y la difícil. Por supuesto, podemos ordenar hacer modificaciones al orden de los muros, pero siempre pensando en el factor sorpresa, y evitando que se formen caminos sin salida (la penúltima partida que jugué terminó con un jugador azul muy enojado, al darse cuenta, cuando levantamos el tablero, que estaba completamente encerrado, por error de su servidor) y, por supuesto, procurando que la dificultad sea acorde a nuestro grupo de juego: algunas modificaciones mínimas a la configuración básica serían lo más correcto para grupos que han jugado entre una y dos veces. Lo más importante: ¡pasarlo bien!
Este gran juego es, entre otras cosas, una gran oportunidad de integrar a los niños al mundo de los juegos de tablero, una genial forma de pasar un buen rato y una herramienta eficaz para combatir enfermedades neurodegenerativas propias de nuestra edad. Absolutamente recomendado para todos.
Mario Varas,
Tienda Devir Chile